La Coctelera

... entre puntos suspensivos...

7 Febrero 2007

Me llamo Borwitz

Una de las tantas tardes en las que llegaba de la tierra caliente, esperaba con ansiedad que alguien estuviera esperando por ella, pero una vez más veía pasar caballeros con damas errantes, niños gritando “ahí está mi papi, yuuuupiiii”, una que otra amiga que se encontraba con el amigo oportuno.

Sigrid, renegando de su realidad, apenas lograba alcanzar el puesto donde solía comprar el tabaco que por un momento le permitía parar y tragarse las olas del mar que estaban por estallar en unos segundos. Esta vez, acababa de escuchar como alguien importante de su vida la decía que se estaba alejando de ella por su ridícula pose de víctima, cuando uno de aquellos inocentes se le acercó a pedirle que le regale un pan, saltó de susto pensando que nuevamente le arrebatarían las migajas de confianza que había depositado en su ciudad.

Quiso tomar su maleta y moverse como siempre a tomar un taxi que la alejara de todo lo que acababa de pasar, olvidar las palabras de aquel amigo que supo acomodarlas como dardos en el centro de su corazón y que a esa hora le hacían sangrar.

No quiso decidir más, y entró a la sala de espera, con el papel de observadora de todo aquel que osaba pasar por delante de ella, por su mente pasaron miles de historias que debían tener un final real, según ella, los finales reales tienen que ver con frustración e infelicidad, eso era lo único que justificaba las ojeras y caras largas, ojos hinchados e ilusiones agonizando al ver como el pariente amigo querido se alejaba caminando entre la gente.

La llamada llegó inesperada, quiso salir huyendo de aquello, pero no logró porque él pudo notar en su voz un cuento del cual comenzaría a preguntar, en el intento del disimulado control, soltó con voz amarga que necesitaba hablar de su vida tan solo por un momento, que minutos antes sintió temor por pisar la calle y que ese día su carencia humana hablaba en voz alta.

El encuentro fue un encuentro en un bar, hubo humor y lo vivido ya no tenía más que la importancia de sacar sonrisas espontáneas, yo creo que hasta estuvo nerviosa porque era una de esas veces en las que veía más allá de lo usual, en cinco minutos había contado a su manera hasta los sueños absurdos de cinco años atrás.

Cuando él la miraba, ella se inventaba que debía dejar la mente en blanco, porque era más cómodo y porque eso hacía la situación interesante; cuando se acercaba “la mina”, se notaba como él se perdía en un atisbo conjurando que en la comunicación no existen fracasos, solo resultados, y lo que estaba resultando ya lo había vivido.

Volver al hilo de la conversación era todo un arte, ya se habían brindado todo un juego de gestos y palabras enredadas, pensamientos tuertos que confirmaban osadamente la teoría de la creación (estoy creando apertura, interés, pasión con mi pensamiento y el juego de actitudes).

Cada vez que “la mina” se acercaba a la mesa, él comentaba con Sigrid: “Mira el movimiento de sus labios”, la mina, con su voz penetrante preguntaba: “¿desean algo más?”, Sigrid solo lanzaba una sonrisa, no respondía comentario alguno, pero a momentos en su fuero interno, pasaban decisiones tomadas en meses atrás, es que lo veía y no lograba entender cómo no lo había visto; él estaba siendo detallista e interesantemente atrevido, pero sobre todo, arriesgado.

La evidencia estaba disponible para todos, “la mina” hablaba y su tono insinuante era toda una invitación a poseerla. Él brillaba en su juego, generando imágenes mentales y se sabía ganador.

En la noche embriagante, Sigrid sabía que no era el momento de darle una oportunidad a las preguntas del pasado, no solamente porque sabía las respuestas sino que además no podía expresarlas, o al menos esa noche no quería, él estaba siendo excepcional y eso a ella le encantaba.

“Me llamo Borwitz”, la frase apenas se veía entre la vela y el humo que a ella le pareció se había creado de aquel juego; cuando Sigrid lo leyó, tomó la servilleta entre sus manos y por un momento tuvo la sensación de letargo, lo cual enseguida fue interrumpido cuando llegó nuevamente “la mina”, preguntó por un trago más y se quedó mirando la frase, pero no fue capaz de pronunciar palabra. Obviamente la mina regresó y mirándolo a los ojos, le dijo: “hola Boris, que tal”

Sigrid sintió alivio al verlo pararse e ir detrás de la mina, anotar su número de teléfono, regresar; y, escuchar de él: “¿no ves?, ¡lo logré!, ¿pensaste que no lo haría, no cierto?”

Se acabaron las interrupciones de la conversación que ha ella le había parecido de encuentros, escogió tomarse otro trago, reírse un poco, bailar ska y dejar de pensar en el tiempo perdido, todo eso pasaba en las siguientes horas.

Antes de salir de aquel lugar, Sigrid giró hacia la chimenea y su mirada se compenetró con la imagen de “El otro de Borges”, perdida, embriagada, feliz, caminó de su brazo y comenzó a inventarse historias que de a poco las vomita.

Él siguió su camino, Sigrid se quedó y no han vuelto a aquel lugar…

No han dejado de hablarse, y de vez en cuando comentan entre risas lo sucedido aquella noche; para él fue un evento obvio donde pudo comprobar lo creador de su esencia, para ella fue una de esas veces que se sintió observadora, más fue la observada.

Quien mira no ve ni una mitad,
es evidente
que es diferente.
Entre mirar con la claridad
de la cordura
y ver con la luminosidad
de la locura.

Ante esa coyuntura
de claridad o lucidez,
con sensatez,
elijo la locura, aleluya,
elijo la locura... (L. E. Aute)

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Hace cuatro años que estoy aquí… Cuál es tu descendencia? preguntaba, y yo con una ceja arriba, respondía: ¿qué, no se ve?, ¡clarito esta! ¡soy del Ecuador!; pero ella preguntaba y preguntaba, pero su papá ¿de donde es? pues "mija" yo de usted averiguo o me invento una genealogía... Y yo, recordaba todas las veces que me dicen mis amigos "Pucca", por chinita y porque cuando me coge la loquera, me lanzo a tener una posibilidad con aquel que quiera llamarse "Garú". Hablando de mi, fruto de dos preguntas de pasada: Quiteña, Aries, me encantan los días soleados y en los días de lluvia me invento una vida para cada persona que veo pasar desde mi ventana; amo la lectura, tengo algunos favoritos como: Millan Kundera, Gabriel García Marquez, José Saramago, Marcela Serrano, etc; entre los libros, pues entre los favoritos están: El Perfume, La insoportable levedad del ser, Amor en tiempos de cólera, La inmortalidad, El Principito, Demian, Ensayo sobre la Ceguera, Conversaciones con Dios, etc. Me gustan los deportes extremos como el parapente, ver una buena película; amo los margaritas y el ron solo lo paso en mojitos; voy al teatro, salgo a caminar; escucho música como: clásica, pop, ska, salsa, protesta (nunca vallenatos ni tecnocumbias). A veces sufro de cojudez extrema crónica, por lo que suelo tomar café como enferma y hablar desde mi hígado revirado; pienso que todo depende de mi y aún confío en la gente.

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